lunes, 29 de octubre de 2012

Qué hacer con mucho dinero (parte I)

Dedicada mi madre al ascetismo, los abogados de la fundación me pusieron al día de mi herencia. Tenía bajo mi responsabilidad y a mi servicio un monstruo.

¿Qué hacía yo con todo eso? No tiene nada de malo vivir cómodamente, incluso podría conseguirse vivir con cierto lujo sin dañar a nadie. Pero hablaban de especulación, testaferros y empresas en Hong Kong..., una marea negra de sustancia sutil movida y removida por tecnócratas que sirve de mero instrumento de la miseria. Porque el dinero, a día de hoy y no se si siempre, sirve en última estancia, al malvado.
Había heredado una responsabilidad. Y un desafío.
Pregunté a esos hombres durante horas explicaciones que nunca habían tenido que dar a mi madre. Dispuestos a cumplir como habían hecho antes cualquier instrucción al pie de la letra. En los últimos años éstas fueron muy puntuales y asombrosamente acertadas. Conforme me explicaban el recorrido que hacía el dinero para multiplicarse noté que me tenían una especie de temor. Como si presintieran que detrás de todo ese éxito financiero se esconde algo sobrenatural.
Les dije que se prepararan para un cambio drástico, que iba a mover todo el dinero en unos pocos días. Esa misma tarde viajé a casa de Pola. No estaría tranquila hasta que no tuviera una estrategia.
Me contó que mi bisabuela ya era rica y que mi abuelo Ángelo, valiéndose de sus mátemáticas incrementó exponencialmente su fortuna para empeñarla estratégicamente en cambiar la dinámica del signo de los tiempos. La revolución cultural no llegó pues la lucha se fue haciendo mucho menos mundana conforme la magia de Ángelo llamó la atención. Me contó Pola que cuando mataron a mis abuelos el dinero, que por entonces ya ocupaba un muy segundo plano, se quedó parado.
Eso sí: ha servido para vivir lujosamente y resolver cualquier problema de logística.
Pola también puso su granito de arena. Hace unos seis años Aníbal se vio apurado para mantener el restaurante y su jet privado y mi madre se hizo socia capitalista. Pola, para asegurarse que Aníbal pudiera mantener su vida sin tener que preocuparse nunca más del dinero recurrió a su arte de caósofo y su proverbial suerte indicando las vías por las que debía encarrilarse su dinero. Mi madre siguió los mismos consejos haciendo al monstruo seguir una inercia que le ha hecho crecer más y más.
Le conté a Pola cuánto dinero tenía.
A día de hoy tenemos un problema.

jueves, 17 de mayo de 2012

La Chispa

εν αρχη ην ο λογος και ο λογος ην προς τον θεον και θεος ην ο λογος
[en el principio era el verbo, el verbo era con Dios, el verbo era Dios]

El Onomasticón no es una mera herramienta humana para hacer perdurar lo que ha sido registrado. Antes de la ruptura el rito de construir la torre hacía a los hombres artistas de la creación. Con ellas nombraron las cosas, dieron forma a la neblina de lo indeterminado. Desde esa perspectiva mi madre entendía la torre como un instrumento con el que el hombre formaba parte activa de la manifestación representando ritualmente el acto creativo de la deidad.
Es el Verbo la chispa de la manifestación, la energía anterior al tiempo. Nombrando se tamiza el todo, se difracta la esencia manando desde el nacimiento el curso de los múltiples seres.
No creo que pudiera hacer del hombre un demiurgo capaz de crear una obra que no contuviera la melancolía por su fuente. Era más bien un templo para la poesía en el que amante susurraba al oído de su amado la realización de su nostalgia en lo nombrado.
Tal vez los demonios la odien porque su eco les recordaba cuánto estaban rechazando. Quizá los Usurpadores la quieran para nombrar su universo, aspirando si acaso a morar en la sombra de una sombra. Quizá mi abuelo pensó que tenía una máquina de nombrar con la que romper las barreras de los arquitectos.
Lo que está claro es que era un templo, un pozo, un pilar, un poste, un campanario, un árbol cuyas raíces atravesaban los niveles ontológicos hasta el Principio, una antena que emitía melodías desde el no ser al ser.

martes, 20 de diciembre de 2011

Todos los niños

El Comisario Reyanne llegó a nuestra cita en el Pont Neuf con cinco minutos de retraso. Se sentó junto a mí y aguardó a que los coches reemprendieran su marcha para empezar a hablar:
- A tu madre le gustaba sentarse en este mismo banco. Le gustaba dibujar a los transeúntes y a veces robaba algo de la intimidad de sus sensaciones y sentimientos. Cuando los fantasmas del puente se le acercaban curiosos hablaba con ellos, y alguno hasta se dejó retratar. Todos la echamos de menos y nunca hablamos de aquella época. Judit es el símbolo de un tiempo más inocente que nos entristece haber dejado atrás.
Al comisario no le hace falta leer tus pensamientos para tener una conversación con ellos; otra cosa es que te des cuenta. Continuó mientras ambos mirábamos al Sena: 
- No tienes esos recuerdos de tu madre, pero sí aquello de lo que son imagen. Es por eso por lo que no te sientes mal.

 Me giré perpendicular al banco, mirando hacia su perfil de pájaro y comencé una pirueta para profundizar en su impresión;
- Todos los niños se han perdido alguna vez en un sitio fascinante. En la playa, por ejemplo. El niño sigue una cometa o se despista mirando como sus huellas desaparecen tras el paso de las olas y descubre de repente que un patrón se repite en la multitud. Familias similares, en grupos similares de toalla, sombrilla, papá y mamá. Dunas, palmeras, edificios iguales y siempre el mar frente a ellos. No sabe si está cerca o lejos: se descubre en un lugar infinito y comienza a sentir miedo a no volver. Pasa un rato de angustia hasta que desanda el camino o alguien le encuentra muy lejos. Nadie se explica como ha llegado hasta allí, y menos él.
Ahora imagine una pesadilla en la que ese niño se encontrara una familia idéntica a la suya, que finge conocerle y quererle y vive en su casa, pero que en realidad es un disfraz que el niño no se atreve a desenmascarar por miedo a las consecuencias.
Yo creo que me he perdido igual que ese niño, pero en lugar de esa pesadilla vivo su contrario: desde mi vuelta, si cierro los ojos no puedo evocar el rostro de mis seres queridos. No existen mis cosas, no tengo anécdotas, si me pregunta no sabría decir quién es mi padre o mi novio, pero los reconocería. Las cosas vuelven a mí con una naturalidad apabullante. Porque no se han ido no hay nada que recuperar, no hay agujeros en mi alma y aunque no puedo evocar el origen de mis sentimientos con palabras, el amor que los hila brilla con sencillez, intacto.
Me han contado que Charo olvida todo cuando se hace muy vieja y así se renueva con cada generación, que lo hace para seguir con nosotros y no enloquecer como su hermana la bruja Eriltes. No me siento alguien así. Estoy feliz de haber vuelto pero tengo miedo de ocupar un lugar que no me corresponde. ¿Qué tengo que hacer tan importante como para que mi nombre esté tatuado en esa mano?
Reyanne sacó del bolsillo interior de su americana una pitillera de plata, se puso un cigarro en la boca y tras encender una cerilla dijo: 
- Los misterios no se resuelven, se viven.
Y mientras se concentraba en prender su cigarro dejé salir las palabras que había estado conteniendo:
- Pero ¿no es como pintar un grafiti en el Oráculo de Delfos?¿no es una perversión, una heregía escribir un nombre de pila en un onomasticón?
 El comisario se quedó callado, me tomó el mentón entre el pulgar y el índice de su mano izquierda apartando a un lado cigarro con su diestra. Me miró, no al iris, sino a las cuencas de mis ojos, como si yo ya fuera un esqueleto y me contestó:
- si y no.
Nos quedamos un rato más, me habló de mi madre y de París, hasta que vibró su teléfono y vino a recogerlo un Mercedes negro.